1/22/2007
5/03/2006
VOSOTROS
El que está subido al andamio. El que reparte a la caída de la tarde la bolsa de comida china, india, la pizza. El que vende las flores que adornan los supermercados de las esquinas. La que echa horas en diez casas distintas y de la que sólo conoces el nombre propio y un número de móvil. Las que cocinan en los restaurantes indios, chinos, italianos, españoles. Los que cargan con los muebles en las mudanzas. Los que disponen la mesa de los restaurantes, sirven el agua y ponen los platos, pero no atienden al cliente porque no tienen categoría de camareros. Los friegaplatos. Las que limpian los restaurantes. Las que hacen manicuras y pedicuras de sol a sol trabajando para los coreanos y los chinos que son los que ostentan mayoritariamente esos centros de belleza. Los dependientes de las ferreterías de mi barrio que suelen ser propiedad de los árabes.
Las tatas o babysitters, que cuidan a los niños con mucho más afecto físico y más naturalidad de lo que las madres anglosajonas son capaces de ofrecer. Los que en cuanto pueden te hablan con nostalgia del país que dejaron atrás y al que no pueden regresar. Los que dejaron allí a hijos que se están haciendo grandes sin la presencia de sus padres.
Los que te cuentan que la nostalgia no les ciega el entendimiento, que harán lo imposible porque sus hijos estudien aquí. Los que llenan el metro a primerísima hora de la mañana y se quedan abstraídos, mirando al vacío. Los que vuelven de madrugada, tras dejar limpio el restaurante, y van dando cabezadas en los largos trayectos camino de Queens o del Bronx. Eran ellos. Todos ellos, ellos y sus niños, bebés nacidos en este discutible paraíso de las oportunidades. Bajaban en una de las manifestaciones más numerosas que se hayan visto, de Union Square hacia el Ayuntamiento, inundaban Broadway con pancartas: "Vosotros llegasteis aquí de la misma manera". Ese vosotros tenía un destinatario simbólico.
Reclamaban comprensión y solidaridad de todos los que olvidan que sus abuelos llegaron a Nueva York huyendo de la muerte y del hambre a principios del siglo XX y hoy disfrutan de ciudadanía y sentido de pertenencia. Ese "vosotros" también estaba dirigido a mí, que miraba desde la acera la gran riada humana de los que a diario, de una manera u otra, me sirven.
Elvira Lindo
(*) Reproduzco este texto porque esta mañana –festiva en mi nueva ciudad- a golpe de café con leche anduve pensativo tras su lectura en el diario “El País”
4/25/2006
DANZÓN

No tiene nada de malo el emborracharme de dulzura como lo hago ahora, dulce soledad que nada tiene que ver con la noche que poco a poco se va intuyendo tibia tras los cristales de mi ventana.
Hoy estoy de “botellón”, aquel del que solo unos pocos disfrutamos a golpe de dejarnos abandonar al compás de unas notas con las que intento aumentar la auto-disciplina del bienestar y el regalarme una noche-solo-mía.
Curiosos efluvios los que emana un cuerpo en calma, lejos de parques abarrotados y masificados de adolescentes que al igual que yo se abandonan a la borrachera: ellos a la de la mezcla destilada de decenas de botellas y yo a otras tantas de sensaciones que me gustaría embotellar para beberla a lentos sorbos, si es que alguna vez la calma se me extravía.
Acabo de caer en la cuenta de que practico una especie de masturbación –mental- aquella que en solitario practico esta noche sin acariciar mi cuerpo. La lujuriosa voz de Chavela es la encargada de acariciar por mí un cuerpo que sonríe de dentro afuera; no hay nada como regalarse “Macorina” con ese olor dulzón de una vara de incienso prendida.
Fuera, todo se ha parado, mi recién estrenado barrio se deja seducir por las notas que escapan desde mi ventana, abierta de par en par, para dejar pasar el frescor de una noche de finales de Abril.
Seguro que bajo las sabanas hoy más que nunca practican el amor y se hacen la guerra a besos. Espero que tu también.
…noche, guateque y danzón, los cuerpos jóvenes como banderas… (Chavela Vargas)
3/28/2006
3/13/2006
AMOR Y DULZURA

Llevo unos días en los que me emociono con mucha facilidad, el partir y dejar cosas atrás, aun sabiendo que todo saldrá bien, me hace apreciar aun mas lo mucho y bueno que tengo. Os echaré de menos papás. Lo mucho que os quiero no lo he dejado para el ultimo día. Son encantadores, me apetecía que supieseis como son.
3/08/2006
EL ABUELO

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión -prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. La nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico.
El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin levantar la cabeza, repuso: "Estoy preparando una palangana para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día.
3/06/2006
EL ÁRBOL DE LOS PROBLEMAS

El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar. Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su casa, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunte por lo que lo había hecho un rato antes. "Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo otra vez. Lo bueno es –concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior".














